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Durante el período reciente, la conjunción de dos factores ha tendido a generar complacencia en los mercados financieros.

Por un lado, incluso los más pesimistas han tenido que reconocer que la economía mundial no está ni mucho menos tan mal como se había venido diciendo. Por otro, la ausencia de presiones inflacionistas relevantes ha permitido que muchos sigan apostando por un escenario de tipos de interés permanentemente bajos.

Así las cosas, se diría que nos encontramos ante una situación poco menos que perfecta para la valoración de la práctica totalidad los activos. El mayor crecimiento mundial se traduce en un mejor comportamiento de los resultados empresariales. Y, además, la renta fija se ve favorecida por lo que se ha venido percibiendo como una actitud extremadamente prudente por parte de los bancos centrales.

Sin embargo, esta especie de escenario de cuento de hadas es claramente insostenible. A medida que la capacidad ociosa de la economía global continúa reduciéndose, es inevitable que las presiones de salarios y precios vayan en aumento. Esto, a su vez, hará necesaria una progresiva reacción por parte de los bancos centrales, en forma de subida gradual de tipos de interés y reducción, también pausada, de los tamaños de sus respectivos balances.

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