35 Aniversario

Un cambio social impulsado por las empresas

Josep Sánchez Llibre Josep Sánchez Llibre

Me honra empezar este repaso sobre la evolución social de nuestro país y sus amplios retos de futuro en esta materia, felicitando a Grant Thornton por sus 35 primeros años en España. Sin ninguna duda, Grant Thornton ha contribuido al progreso indiscutible que durante este tiempo ha tenido nuestra economía y, por derivación, nuestra sociedad. Sin el asesoramiento y el consejo de compañías como la vuestra, difícilmente nuestras empresas habrían alcanzado el nivel de eficiencia actual, en gran medida una de las palancas más sólidas para su necesaria expansión e internacionalización, así como para hacer posible la ineludible contribución del empresario al desarrollo social de nuestro país.

Las últimas tres décadas de la historia de España han significado un cambio profundo para la política, la economía y la sociedad, inmersa en un proceso de transformación, ahora mismo ya innegable. España ha crecido y se ha modernizado, a raíz de su propio desarrollo y de su integración en un mundo global, que ha vivido en estos años la transformación más acelerada jamás conocida.

El cambio social se sustenta sobre la positiva evolución de las estructuras políticas, legislativas y económicas. El papel de la empresa en este paradigma es fundamental. La  progresión social de España fue, sin duda, de gran alcance en los dos primeros tercios de este periodo de 35 años, en el que nuestro país equiparó su régimen de libertades y derechos individuales y colectivos al resto de sociedades democráticas, pero está lleno de dudas e interrogantes en el último tercio. Este último, es un periodo tocado, en parte, por los efectos de la crisis mundial vivida a partir 2007, por los profundos cambios en los sistemas de producción y formas de vida que anuncia la digitalización, pero también por los residuos de una evolución social que, aunque muy importante, no se ha consolidado.

Hoy somos un país de los llamados más ricos, permanentemente invitado a formar parte del selecto G20, con una gran oferta de servicios públicos, que dispone de una amplia red de infraestructuras y con un alto grado de apertura al exterior. Crecemos por encima de la media europea y somos el objetivo de grandes bolsas de ahorro mundial, que buscan en nuestro desarrollo la falta de retorno de la renta fija, en una dinámica mundial de caída de tipos. No obstante, no podemos negar el necesario enfoque de la mejora de nuestra productividad que dificulta la generación de empleo suficiente e incrementa nuestro endeudamiento. Tenemos una población envejecida, un sistema educativo puesto en entredicho por más de un índice de medida de la calidad, y la necesidad de integrar en nuestro sistema social y económico las corrientes migratorias y evitar el crecimiento de la xenofobia. Debemos, además, resolver nuestra histórica dependencia energética, en un momento en el que la sostenibilidad pide paso, aunque sólo parece poderse establecer en sociedades capaces de innovar y de generar y captar talento. La resolución de todas estas claves tendrá un claro impacto social en nuestro presente y, en consecuencia, en el crecimiento de nuestro bienestar futuro.

Hace 35 años, cuando nació Grant Thornton en España, nos situamos en 1982, año de inicio del largo  gobierno del PSOE que se extendió hasta 1996. Con la llegada de la democracia, a penas un lustro antes, llegaron las grandes aspiraciones por crear una sociedad libre e integradora y una economía competitiva y abierta al resto del mundo. Fue un periodo marcado por las urgencias del cambio político y que abrió una etapa de modernización económica y social fruto, en gran parte, de la convergencia con Europa. Una época de gran trabajo, centrado en la construcción del estado del bienestar, pero que, mientras situaba a España en el mapa económico internacional, obligó a asumir la dureza del pago de la factura para reconvertir nuestra industria.

Los acontecimientos de la década de los 80 sentaron las bases del  desarrollo económico y social de España. La entrada del país en la Comunidad Económica Europea en 1986 y en el proyecto de Unión Económica y Monetaria, cuatro años después, supusieron un auténtico acicate para nuestras estructuras económicas y sociales. Los fondos públicos de cohesión llegados de Europa permitieron enfrentar el desarrollo de los diferentes territorios de nuestro país. Sin embargo, el análisis actual nos permite detectar ritmos diferentes de generación de palancas de crecimiento. Hoy, mientras en algunas zonas el sector público no alcanza el 15% del valor añadido bruto, en otras se eleva aún hasta un 30%. Esta tesitura confluye con el creciente fenómeno de la migración hacia las grandes urbes. En un futuro cercano, nuestras ciudades acogerán el 85% de la población, y ya oímos la voz de la España desierta que queda aislada tras el paso de esa migración urbana.

Después de la ralentización vivida en nuestro país a principios de los años 90, la internacionalización de su economía y la entrada en el euro propulsaron de nuevo un camino de expansión y crecimiento. Entre los años 2000 y 2007, España experimentó un incremento del PIB real en términos acumulados de un 34,5%, con una tasa media anual del 3,8%. En 2007, la hacienda pública recaudó más de 200.000 millones, la mayor cifra percibida en toda su historia.

Tras años de progreso, España estaba plenamente integrada en un mundo global, con deportistas laureados, cineastas oscarizados y consumos de Internet equiparables a cualquier sociedad desarrollada. Sin embargo, esa fortaleza no parece, a día de hoy, más que aparente, sobre todo, cuando se abordan algunos de los grandes retos que ahora se plantean en todo el mundo. Retos que, aunque globales, está claro que se resolverán de forma distinta en función de la entereza local de cada país.

En gran parte, la falta de consolidación de nuestra estructura económica y, en consecuencia, social quedó evidenciada con la llegada de la crisis de 2007. En ese momento, se mostraron las muchas fragilidades de un modelo que, estimulado por factores como un acceso sin límite al crédito, entre otros, creó la sensación generalizada de bienestar, cuando no de opulencia, y una tendencia natural a la desigualdad. La renta disponible neta de los hogares creció en un 27,5% entre 1994 y 2016. Sin embargo, ese incremento de la renta no se ha traducido en un descenso de la desigualdad.

La desigualdad es una cuestión central del debate público y la manifestación más paradigmática del posible desvanecimiento del gran avance social vivido en los últimos años en España. Ésta se alimenta del desempleo estructural, la caída del nivel de salarios en puestos de baja o media cualificación o el nivel de precariedad laboral, que hay que reconducir con más flexiseguridad. Todos esos ejes deben ser corregidos, sobre todo, si después de años de progreso queremos construir un nuevo pacto social más equitativo y justo que fomente un crecimiento económico inclusivo, que nos permita recuperar la evolución social, algo por lo que España tanto ha trabajado.

Debemos pedir una mejora de los salarios que evite la fractura social que conlleva un incremento de la desigualdad y del acceso a las oportunidades de crecimiento individual y comunitario. Todo, en un marco que facilite la inversión de las empresas, con una armonía fiscal adecuada que impulse el carácter emprendedor y que regenere la colaboración público-privada.  Esta última de obligada existencia para abordar los temas de interés general como la innovación, la educación y la formación de los más jóvenes, básicos para el crecimiento social.

Las empresas hemos jugado y jugamos un papel importantísimo en el desarrollo alcanzado en el ámbito social en nuestro país, y lo vamos a jugar ante los nuevos retos que nos incumben a todos. Políticos, patronales, sindicatos, universidades deberán poner toda su inteligencia y experiencia para administrar esta enorme complejidad. Gran parte del camino se ha recorrido en estos últimos 35 años y una buena parte debe recorrerse en un fututo inmediato. No trabajamos solos, es bueno saber que grandes compañías como Grant Thornton, repletas de excelentes profesionales, nos han acompañado y lo van a seguir haciendo, impulsadas por su alto nivel de implicación y una capacidad para divisar las necesidades de asesoramiento de la empresa.  Es en el día a día de la  gestión, donde se construye el presente, pero también el mañana. El campo de trabajo empresarial es también ineludiblemente el social.