35 Aniversario

Revolución digital, oportunidades perdidas y un futuro prometedor de la mano de Internet

Aleix Valls Aleix Valls

Quizás no haya una mejor manera de conmemorar y dar la enhorabuena a Grant Thornton por su 35º aniversario en España que echando la vista atrás para analizar los avances tecnológicos en estas tres décadas y media, porque dan la medida de cuánto hemos cambiado y, por lo tanto, de la resiliencia y solidez de la propuesta de valor de la firma.

En 1984, el mundo se adentró en la denominada ‘era del PC’ el mismo año en que Apple lanzaba el primer Macintosh, y la tecnología móvil e Internet, lejos de tener todavía penetración doméstica, daban pequeños pasos sin que nadie pudiera prever todavía su hegemonía futura.

Ese mismo año, en España, equipos pensados esencialmente para el entretenimiento, como el Spectrum o el Amstrad, empezaron a distribuirse de forma oficial –dando pie en los ejercicios siguientes a una primera edad de oro del videojuego en nuestro país–, y, muy poco más tarde, los grandes almacenes y las tiendas de electrodomésticos empezaron a vender también equipos menos lúdicos como el Inves PC.

Transcurridos unos años, a nivel mundial se produjo la convergencia de la plataforma PC con Internet, y, además de iniciarse la omnipresencia de la Red en nuestras vidas, se generó en torno a la misma la economía de las ‘puntocom’: pionera, pese a culminar en una crisis y un colapso sin precedentes.

España fue un buen termómetro de ese estirón: en 1991, solo había 1.000 dispositivos conectados a Internet; en 1995, 40.000; y, al cabo de la década, alcanzamos el millón de ‘early adopters’ que generalizaron, por ejemplo, el uso del correo electrónico como una nueva forma de comunicarse.

En este punto se produjo la inflexión por la que pivotamos del mundo de la electrónica al digital: asimilados sucesivamente los conceptos de sistema operativo, programa y red, las líneas entre unos y otros se diluyeron, y, solo unos años más tarde, en 2007, convergieron con la tecnología móvil de la mano de Apple, que presentó en sociedad su iPhone y cambió para siempre las reglas del juego.

España no fue ajena a esta revolución, y de los 29,66 millones de líneas móviles de 2001 pasamos a 56,19 en 2011: es decir, un aumento de casi un 90% en apenas diez años. De la mano de la misma, Internet dejó de ser algo que existía en nuestro trabajo, y, cada vez más, en nuestro hogar, para convertirse en un elemento ubicuo: una ubicuidad que alentó a su vez un extraordinario desarrollo de las redes y del universo de productos y servicios disponibles a través de nuestros móviles.

Al cabo de esta larga y sin embargo velocísima carrera de innovaciones, hoy las distintas tiendas de aplicaciones para nuestros smartphones ofrecen más de tres millones de apps, convirtiendo a la economía en torno a las mismas seguramente en el descubrimiento de innovación abierta más importante de la historia de la humanidad.

Y es precisamente esa ausencia de restricciones a la hora de pensar productos y servicios para la plataforma móvil el que nos conduce al corolario del avance digital: la cuarta revolución industrial en que ya nos encontramos inmersos, y que no es otra cosa que la convergencia de las tecnologías de las que ya hemos hablado con otras de las que apenas empezamos a vislumbrar su potencial, como la computación cuántica, la inteligencia y la realidad virtual, el blockchain, etcétera.

Esa revolución, inversa respecto a las anteriores porque se inicia con la digitalización del usuario y culmina con la necesidad de digitalizar también las cadenas productivas, inaugura la hegemonía del dato, porque uno de los principales factores competitivos en la actualidad consiste en entender al cliente mediante los datos que genera su comportamiento para mejorar y ampliar la oferta de servicios que les dirigimos.

En todo este trayecto, y como en tantos otros aspectos y momentos históricos, el de Europa ha sido un relato de luces y sombras. Fuimos pioneros en el desarrollo de la telefonía móvil, de la mano de compañías como Nokia o Siemens, y conseguimos conformar un mercado único de las telecomunicaciones que nos brindó una indiscutible ventaja competitiva frente a otros mercados. Pero, en cambio, en la era digital hemos cedido ese liderazgo a Estados Unidos y a China en avances tan sensibles como el desarrollo de las tecnologías 4 y 5G, y hemos perdido el control de unos datos a los que muchas voces autorizadas se refieren ya como al petróleo del siglo XXI.

En clave de futuro, sin embargo, la nueva etapa que imparte la consolidación de la cuarta revolución industrial –que, en esencia, pondrá el foco más en ‘el Internet de las empresas’ que en el de los consumidores–, brinda una oportunidad de oro a Europa y España para ponerse a la cabeza de la economía digital. ¿Cómo? Pues aprovechando nuestro bagaje industrial para poner los datos al servicio de sectores como la automoción, la química, la siderurgia o hasta del sector bancario de la mano de auténticas plataformas paneuropeas de extracción, refinado y gestión de datos industriales.

Para capitalizar esta oportunidad, nuestros sectores público y privado deben colaborar de manera reforzada en desarrollar esas nuevas plataformas digitales, porque sino serán otros los que lo hagan, seguramente además de la mano de servicios gratuitos que, por el camino, se queden de nuevo con nuestros datos y bordeen otra vez el monopolio que ya ostentan en los ámbitos de los motores de búsqueda o las redes sociales.

En ese proceso, que es en definitiva el de pivotar por fin de la economía del siglo XX a la del siglo XXI, no dudo que nos espera un trayecto de, por lo menos, otros 35 años en que seguro que Grant Thornton seguirá acompañando a miles de empresas españolas. Así que ¡felicidades y a por un nuevo reto!